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domingo, 21 de julio de 2013

Duro como el cemento.

Quisiste creer que había terminado, fingiste estar en paz mientras vivías en medio de explosiones de guerra, sonreíste cuando una lágrima resbalaba por tu cara, un “te quiero”, un “te amo”, o un “te extraño” que tragaste por orgullo y queriendo suplicar para que vuelva dijiste “no te necesito”…¿Fuerte? ¿O confundí fuerte con mentiroso? Quizás ni vos querías saber cuánto te dolía, siempre fue más fácil rendirse pero vos preferiste luchar. Dejamos los sentimientos de lado y dominados por la razón nos obligamos a no sentir, nos negamos lo que pueda parecer el placer de sentir amor porque quien sabe que va a salir herido prefiere prevenir que curar. La dureza del silencio puede opacar cualquier verdad, cualquier mentira o cualquier confesión guiada por el corazón. El silencio del duelo de una despedida, observar de lejos como se retiran tus contrincantes en una derrota contra la barrera que muestra tu corazón y ninguno tuvo el gusto de traspasarla, porque asimismo ninguno fue capaz de notar que esa barrera ocultaba un alma rota, una tristeza convertida en rabia y un dolor penetrante convertido en resentimiento. Y ahí vos parado, con la frente en alto, fingiendo una vez más la impenetrabilidad emocional, te derrumbaste, te caíste por dentro, o quizás nadie te levantó de esa caída primera, porque vos, como buen elector, decidiste esperar a quien viera tu realidad desde el interior, y no desde la imagen exterior que buscabas dar. Siempre fue mejor defenderse que atacar.