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sábado, 5 de octubre de 2013

INCAPACIDAD DE SENTIR


Dulces latidos adormeciéndote el alma al compás del amor, cerraste el cuerpo, las ideas y el corazón, esclavizaste tus dolidos sentimientos para evitar sufrir. No escuchabas nada salvo la palpitación de una nueva mañana y de la rutinaria risa que invadía tu alrededor, no sabes de dónde proviene el chiste pero es bueno mientras te haga olvidar que en algún momento amaste, y amaste, y amaste hasta romperte en mil pedazos como un delicado cristal que choca contra el piso, como un delicado cristal aplastado, irreparable, perdido y completamente arruinado. Corriste al lado de quien te dio felicidad, corriste con quienes juraron un “para siempre”, corriste en ayuda de quien la necesitó, pero un día tuviste que correr en busca de nuevo aire, ahogándote en lágrimas y soledad nublada, corriste porque estabas perdido, desolado, corriste perdiendo de vista el destino que anhelabas. Ni la más alegre de las sonrisas, ni la más brillante de las miradas, ni el más cálido de los abrazos provocan en vos ahora una vibración, no te toca el alma ninguna caricia, porque la astilla que llevas clavada pincha incluso a quien intenta sacarla. Ves tropezar y no sacas tus manos de los bolsillos para ayudar; tu escudo, la desconfianza, tu espada, la venganza; con jugadores como vos es difícil armar equipos, es dura la guerra, tu frío congela cualquier intento de cariño, no hay llave que abra tus puertas, y sin embargo, ni el más duro de los muros, ni la más alta muralla, ni la misma alarma de seguridad fue capaz de avisarte o frenar a quien osó entrar por la puerta trasera.

Te declararon la guerra. Sus ojos, más oscuros que los tuyos, impidieron cualquier oportunidad de que invadas. La delicada, inteligente y silenciosa manera de jugar fueron llevándote a su laberinto, la astucia de cualquier movimiento la frenaba con su cálida disculpa, la desviaba con sus brotes de seducción, aquel alma, oh aquel alma! Era capaz de resucitar los muertos, de matar los vivos, de curar enfermos y de enfermar al más sano; Aquel alma no corría carreras porque ya las había ganado, no tenía competidores ni enemigos, no conocía el sabor a la derrota ni el tropezón que no es caída. Aquel alma derrochaba alegría allí por donde pasaba, su risa impenetrable no desvelaba los secretos más profundos de su ser, pero vos sabías que ocultaba algo, vos reconocías aquella barrera de protección. Así fuiste jugando al detective y bajando la guardia, fuiste descongelando cada hielo en vos, rompiendo cada piedra y matando a tus propios soldados, porque vos, rey de tu reino, te derretiste ante el sol de tu reina, cediste ante el mayor de los peligros, que pasando desapercibido fue colándose en tu corazón, no hubo prevención ante tal enfermedad, no hubo cinturón de seguridad que frenara tal accidente, no hubo defensa que amortiguara tal ataque; Porque incluso la más salvaje de las bestias, el más fuerte de los superhéroes, el más retorcido de los villanos y la más insensible de las criaturas tienen una debilidad; quien le roba su fuerza pero los saca del pozo en el que se encuentran hundidos, ese habilidoso ser, es, justamente, su gran debilidad, su enemigo peor, su bella salvación. No hay velocidad que supere la del amor, que por mucho que tarde siempre alcanza al corazón.