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domingo, 31 de mayo de 2015

La piedra.

No creo saber a qué esté atado y quien lo designe. Y me reservo mis teorías para no entremezclar las propias creencias con lo real, pero, puedo asegurar que uno se tropieza con la piedra hasta que aprende.

Los pasos que nos llevan hasta las piedras son tan personales como inconscientes. Con miedo o sin él, dudosos o decididos, nos paramos frente al camino, paso a paso. “Un tropezón no es caída” nos consuelan la primera vez. Algunos toman esa experiencia como un aprendizaje al primer error y continúan incluso con raspones en las rodillas. Otros caemos de manera estrepitosa intentando frenarnos con las manos (Hagas lo que hagas, levantate). Sólo con el dolor de la caída pudimos notar la presencia de aquella piedra y muy confiados damos pasos firmes para seguir. La misma piedra, la caída un poco más fuerte, un golpe que resuena (adentro, donde están los sentimientos). Preguntarse a uno mismo puede atemorizar, es más fácil jurar un nunca más y levantarse tembloroso. Pero el paso es más dificultoso, la piedra más grande, las piernas más torpes, los ojos ciegos y ya la caída parece voluntaria. Un poco ese dolor que sentimos lo padecemos, y otro poco lo apreciamos. ¿Qué está tan bien aquel mal que no podemos (o queremos) seguir? ¿Acaso tenemos anudada la piedra a los pies?

Siempre hay voces, conciencias que no son la nuestra, que nos quieren ayudar, manos voluntarias que nos levantan, brazos que nos abrazan mientras nos secan cuidadosas las lágrimas. Y nosotros, enceguecidos, lastimados, furiosos (con nosotros mismos) vacilamos y avanzamos. ¡Qué gran soberbia! ¡Qué gran error! Nos atrevemos a avanzar sin enfrentar la pregunta interior. Por supuesto, somos más fuertes. Por supuesto, caemos mejor. Pero caemos, al fin. ¿Qué más le falta a este lacerado cuerpo sufrir para cuidarse? ¿Qué buscan estas ilusiones ciegas encontrar en el fondo del suelo al tropezar? ¿Qué están intentando estas ganas de fallar siempre igual? Con sollozos caprichosos no se va a solucionar. Seguir sangrando por la herida no nos va a curar. Para verlo primero hay que reconocerlo, para aprenderlo hay que padecerlo.

Un poco locos, asustados, quebrados y con el orgullo herido lo enfrentamos, la pregunta ¿Por qué apostamos por una piedra que no nos da un lugar firme en el que pisar?

La respuesta es tuya. Es mía. Es suya. Es propia. No importa qué ojos la vean si son los nuestros los que la deben aceptar. Algunos cobardes acotan “la verdad duele”, deberían saber que más duele tropezarse con la mentira una y otra vez.

No lo niego más, ya no vuelvo a tropezar. Esta batalla no la gané, la aprendí. De esta guerra me llevo las heridas como lecciones de la vida. No me asusta volver a errar, pero no vuelvo en esta vida a chocar contra esa piedra, ya muy chica, ya muy obvia, ya muy resentida. Que vengan otros tiempos, otros errores y otros aciertos. Que me jueguen las cartas del azar. Con el cuerpo encogido de dolor, los ojos todavía húmedos de llorar, me voy, entendí que se puede seguir el camino, se puede ver cuando uno decide mirar, se puede enfrentar cuando se tiene el coraje suficiente de saber la verdad. 

Los fallos son nuestros, propios, seguirá tropezando quien vea culpable a la piedra.

La piedra no se va a mover de su lugar, no se va a achicar para dejarte pasar, no va a cambiar para dejar de ser piedra. La piedra solo es la experiencia que te va a quedar.


Te tropezarás, me dijo la vida, tantas veces como sean necesarias para que entiendas qué grande sos y qué chica es la piedra.

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