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martes, 30 de junio de 2015

Loca de ganas de más.

Las gotas de sudor me resbalan por la cara y tengo la espalda llena de nudos ¡Qué trabajito viejo! Lo bueno es así, para alcanzar metas altas hay que saltar alto. Aceptar desafíos es también aceptar el camino que lleva hacia ellos, atravesarlos como se pueda y ver la luz al otro lado. Durante todo este tiempo intenté no perder de vista esa luz, no desviarme de la senda para poder llegar a aquel resplandor.

Acá estoy, a un paso de haberlo logrado. Por supuesto que lograrlo solo implica emprender la siguiente parte de este camino infinito, pero lo acepto y lo disfruto. Lo quise con tanta fuerza que lo estoy teniendo, al final la cosecha está dando sus frutos. (Cada hora de sueño que perdí por estudiar, cada vez que releí una frase hasta poder entenderla, cada resumen del resumen del resumen, cada pregunta hecha en clase y esfuerzo por organizar de la mejor manera la información en los parciales.) (Cada tarde, cada entrenamiento con dolores en las rodillas, en los cuádriceps, en los gemelos, cada segundo ahorrado en velocidad y cada domingo madrugado) (Y cada gramo bajado en la balanza) Esos entre mis desafíos favoritos este año, sin contar mis desafíos como persona, más internos, más propios.

En aquella letra de Las Pastillas del Abuelo decía…

“Tengo por bien sufrido lo sufrido 
tengo por bien llorado lo llorado. 
Porque después de todo he comprobado 
que no se goza bien de lo gozado 
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido 
que lo que el árbol tiene de florido 
vive de lo que tiene sepultado”

Sin duda certero. Ganador es el que pelea hasta el final, así lo haya logrado a la primera o le haya llevado unos intentos más. Y me sé victoriosa después de tanta lucha interna, un cuerpo que no quería saber más nada y una cabeza que seguía insistiendo en que se podía. Un paso, estoy a tan solo unos pasitos mínimos de cumplir lo que tanto quiero, las metas que me propuse y que veo cada vez más cerca. Gustosa de entrar en la segunda parte del año, que parecía lejana, inalcanzable, que parecía como si el tiempo nunca llegara a esta parte y por fin, llega lo tan deseado del 2015, la hora de los retos, la hora de poner pecho a lo que viene y tanto esperé.

Tan ansiosa como agradecida, uno siempre debería agradecer un poco a quienes nos tendieron la mano, acordarnos de quienes nos facilitaron un poco el camino. Yo fui y soy totalmente afortunada, estoy rodeada de gente que la pelea, gente con carácter que se pone frente a la vida y la desafía. Lo vi y me lo quise contagiar, en mi viejo que pone todo su alma y cuerpo en sus objetivos, en mi mejor amiga que con su actitud y confianza sabe que puede, y efectivamente puede, en mi hermana que rebalsa constancia, en más de un compañero con los que corro, algunos que llevan años poniéndole ganas y se mantienen en pie a pesar de pasar los cuarenta, y otros que saben muy bien que los límites están en la cabeza y siempre son capaces de mejorar. Lo leí también en libros, lo vi en historias reales y lo escuché decir a más de uno que hoy está donde está porque se dejó el pellejo para llegar hasta allá. No es de mi interés si algunos tuvieron o no el camino más fácil porque esta vez solo competí contra mí misma, solo hice las cosas porque yo las quería y los logros tanto como lo no logrado pesan en mí y no se los debo a nadie.

Contenta, satisfecha y ansiosa. Le sonrío a lo que falta, loca de ganas y segura de lo posible que es todo, si tan solo viéramos las piedras como oportunidades de aprender en vez de como trabas en el camino…

Sólo hace falta un desafío, fuerza y corazón. 

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