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jueves, 6 de agosto de 2015

Lo pequeño se hace grande.

 Andaba perdida por buscar algo que no era mío. Caminando caminos ajenos hay pocos que puedan llegar sin padecerlos. Desorientada y golpeada era poco fácil sonreír. Algunas manos curanderas me guiaron en la oscuridad y me trajeron a donde estoy.

Mi refugio. Refugio es la gente que me acomoda el alma, que me acaricia el corazón. Refugio es la gente que me roba sonrisas por el simple gusto de verme sonreír, la gente que me abraza para darme el calor que me falta, la gente que me escucha porque sabe que quiero hablar, la gente que me espera porque cree que vale la pena hacerlo, la gente que me busca porque entiende que me  pierdo, la gente que me empuja para que choque con mis miedos, la gente que me acompaña aunque no tenga ganas de caminar, la gente que me ayuda aunque no me haga falta, la gente que me acepta aunque no me entienda, la gente que me sostiene las penas cuando me pesan las que ya tengo, la gente que me reta sin esperar que haga caso, la gente que me promete y que cumple, la gente que pone música para mis oídos aunque no le agrade, la gente que me grita cuando tiene que gritarme y luego se disculpa por lastimarme, la gente que me dice verdades porque sabe que de mentiras rehúyo, la gente que me regala tiempo sin esperar devolución. En mi refugio nunca hace frío porque hay gente cálida, supongo que por eso me refugio con esta gente alrededor.

Pero la gente no era suficiente si no había momentos. Así que creé mis momentos de vida. Tomar un café con mi madre todas las tardes posibles. Una siesta después de haber madrugado o comer después de horas con hambre. Ponerme las zapatillas para ir a correr. Reírme sola en la calle bajo miradas curiosas, o reírme hasta el llanto con algún amigo. Pintarme las uñas. Leer un buen libro. Reflexionar en la ducha. Un mensaje de buenos días. Cantar a los gritos. Mucha música y siempre y cada día por lo menos una canción de rock y una de Miley. El olor de mi viejo cuando sale de ducharse. Los besos de mi perro. Los consejos (y cargadas) de mi mejor amiga, o de mi hermana, o de ambas. Encontrar plata en un bolsillo. El sol de media tarde. La playa, las olas. Una cerveza con pizza.

Y me fui llenando, junté los momentos con la gente, hice que todo eso tan pequeño y que parecía tan insignificante se volviesen mis pilares. Los pilares que serían la base que me sostuviese si mis emociones se volvían a tambalear. Siempre hay desequilibrios, siempre algún momento se arruina o alguna persona falla, y estaba bien. Lo pude entender y lo supe aceptar, supe convivir con ello. Desde entonces siempre veo brillar el sol en la mañana, aunque llueva. Si alguna herida arde, la dejo estar allí, dolorosa pero segura de que va a cicatrizar. Pude reír tranquila con todo lo bueno a pesar de saber que lo malo me rompía hasta llorar. No tengo la seguridad de cuándo, pero había asumido que las tristezas y las alegrías no eran contrarias sino complementarias, ambas convivían y completaban ciclos, no se podía ser extremadamente feliz sin haber estado extremadamente triste. No distingue lo dulce quien no probó lo amargo. Lo vi, lo entendí, lo acepté y me lo tatué bajo la piel. Me sentía particularmente feliz. Había sacado lo más útil de la miseria, y no, nunca me prometí que no volvería a caer, podía suceder. Puede que algún día vuelva al fondo de ese pozo, puede que vuelva a llorar como un bebe recién nacido y que patalee caprichosa porque crea no merecerlo. Puede incluso que me vuelva a odiar a mí misma por ello. Pero no tengo miedo, pues sé que a la vuelta me espera mi refugio y mis momentos. Y créanme, eso es todo lo que uno necesita para sentirse bien.


Lo grande, vaya si nos vendieron una mentira, lo grande se va formando cuando se suman las partes. No hay grande sin pequeño. 

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